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El horror corporal en el cine de David Cronenberg

El horror corporal en el cine de David Cronenberg

16 de marzo del 2017
Por María Paula Ríos
Repasamos la etapa de terror y fantástica de este notable director canadiense, que pone énfasis en la infestación y mutación corporal.

David Cronenberg es uno de los cineastas más lúcidos de la actualidad. A lo largo de su extensa trayectoria, muchas de sus cintas han sido consideradas de culto y no es mera casualidad, ya que el autor ha edificado una carrera cinematográfica en base a arquitecturas conceptuales novedosas y originales.

En la primera etapa de su cine, Cronenberg se ha dedicado a indagar el trinomio tecnología-cuerpo-enfermedad, siendo el abanderado de un concepto —casi filosófico — acuñado como “nueva carne”. Corriente que defiende la fusión entre cuerpo y máquina, lo orgánico y lo mecánico, que junto a las infecciones y transformaciones físicas ha sido tópicos recurrentes de su filmografía.

Todas estas obsesiones la podemos ver resumidas en Videodrome (1983), film que sigue la vida de Max Renn, un hombre que progresivamente se transforma en un entramado de carne, cables y metal: se convierte en una máquina. Se presenta un fenómeno de imágenes que infectan la mente y el cuerpo del protagonista. Ver snuff, le provoca un tumor que lo hace alucinar.

Este tumor puede ser considerado un agente de cambio en su aparato perceptivo, una metamorfosis que inscribe una huella mecánica sobre su piel. Las alucinaciones que tiene Max, configuran una nueva realidad. En este contexto la imagen deja de ser un signo, una mera representación y reproducción pasiva del entorno, y lo mecánico responde a las leyes de lo orgánico: se erotiza e interactúa.

Lo mismo sucede en eXistenZ (1999), donde los protagonistas “alucinan” inmersos en un videojuego, y las consecuencias tecnológicas repercuten directo en lo físico provocando daños y hasta la misma muerte. En Crash (1996), Cronenberg incursionará en una sexualidad que también transgrede los límites de lo corporal. Los personajes irán regenerando su propia existencia a través de encuentros sexuales, la adicción a la velocidad y colisiones.

Una especie de tecno-sexo en donde los accidentes de tránsito modifican la carne y las cicatrices se convierten en zonas erógenas de cuerpos que cargan con la adrenalina a la velocidad y la sexualidad. Este comportamiento compulsivo de los protagonistas de Crash, se asemeja al de los huéspedes del parásito en Shivers (1975). Seres sin voluntad, gobernados por fuerzas que se manifiestan a pura pulsión. Autómatas que acallan los estímulos y suprimen la interacción con la finalidad de morir en pleno acto de éxtasis para conseguir la liberación. Como la alcanzan los gemelos de Pacto de Amor (1988), vía el dolor y la sangre, y gobernados por un mismo principio de identidad.

La identidad es otro de los tópicos con el que insiste el realizador. En The Brood (1979), como consecuencia de un experimento, su protagonista da a luz niños deformes y violentos sin rasgos individuales, con ojos pequeños, carentes de dientes, sexo y ombligo. Aunque aquí no está presente lo maquínico explícitamente, estos niños funcionan, de forma uniforme, como dispositivos para matar.

Esta etapa de la filmografía del realizador canadiense nos ofrece una visión de lo monstruoso que remite a lo corpóreo, espacio en el que está latente el miedo a la muerte, el erotismo y la transformación. En su universo, el metal y la piel trazan el campo semántico del horror físico. La inhumanidad que supone un desarrollo tecnológico veloz e inabarcable, también están presentes en la mayoría de sus historias que nos muestran cuerpos mutilados, penetrados y sodomizados en rituales tecnos, una especie de fetichismo maquínico. Definitivamente, en el cine de David Cronenberg los deseos, los miedos y fantasías se hacen carne.

(Foto de portada: Filmplan International)

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