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No todos están felices con 'Narcos: México'

No todos están felices con 'Narcos: México'

22 de octubre del 2018
Por Gabriella Botello
Y te explicamos por qué.

Es el fuego que arde en nuestra piel, es el agua que mata nuestra sed: las narcoseries cuecen adicción de la buena en sus cocinitas de frontera entre realidad y ficción. La televisión se arroja a la hipérbole de la vida de capos, padrinos, zares, señores, patrones, bosses, damas, jefes de jefes, Rockefellers, y tigres que tiñeron de sangre, coca, ritmo y sustancia el suelo latinoamericano. Y no hay dudas que la reina traqueta de la pantalla es Narcos, el cartel del streaming que conquistó al público hispano y angloparlante con el retrato de la Colombia de la cocaína de los ochenta.

Y ahora Netflix abandona las tierras parceras y le canta su narcocorrido a México con historia de los primeros cárteles en suelo chicano en una temporada que se anuncia como arqueología al “nacimiento de la guerra de la droga en México”, nos pone pinche chingones. Y no por los mejores motivos.



Vamos por partes. Las primeras dos temporadas capturan el demencial ascenso (y súbito descenso) de Pablo Escobar Gaviria, el carismático y espectacular Patrón de la cocaína colombiana. Desde las cocinas en la jungla colombiana hasta los vínculos con gobiernos comunistas para ingresarla a Estados Unidos, la primera entrega reveló los engranajes con los que Escobar amasó su Imperio de la Coca -en un show de pura espectacularización de la crueldad, la violencia y la criminalidad del criminal más buscado de los ’90.


La segunda temporada captó en 10 episodios la loca persecución de 17 meses de la la DEA para capturar - y asesinar- al elusivo capo narco. Con el trono vacío, la megaorganización criminal necesitaba un heredero al trono del narcotráfico. Fue así que la tercera temporada tomó por asalto a la Miami y la Colombia post-Pablo con las idas y venidas del cartel de Cali y sus cuatro Caballeros que heredaron los contactos del jefe muerto en Medellín. Es ahí donde empezaron los problemas para los narcos.

Es que en la “plata o plomo” del ecosistema del streaming, parecería que la pérdida de Escobar dejó acéfalo a Narcos y, sin su protagonista más intenso, todo indicaba que la serie había perdido el envión. El interés público por la tercera temporada de Narcos descendió abruptamente y -en cierto momento- hasta se especuló con la continuidad de la serie.

Fue entonces que los ejecutivos de Netflix patearon el tablero colombiano para la cuarta temporada y apostaron a un cambio de escenario y de línea temporal. Entonces, se anunció con bombos y platillos: Narcos: México volvería a la época fundacional de los grandes carteles en los ‘80 con el cártel de Guadalajara . Y no fue lo único que se embolsó Netflix, que fichó a los sólidos Diego Luna y Michael Peña para traerle star power a la ecuación e interpretar a Miguel Ángel Félix Gallardo, piedra angular del narcotráfico mexicano, y a Kiki Camarena, ícono póstumo de la DEA.


El estreno del tráiler de la cuarta temporada fue pendular y viró entre el hype generalizado y el rechazo al nuevo patrón. Y no: no es que la fotografía, la narración, la musicalización, o la trama no sean excelentes (de hecho, la sórdida historia de Gallardo y Camarena definitivamente a la altura de la truculencia de Escobar). Es que parecería que la narcotrama criminal habría agotado la paciencia y las heridas del público latino.


No es la primera que se juzga a Narcos como una apología al crimen con la estilización del ejército de sicarios comandado por Escobar. La crítica parecería repetirse hoy, con un público que manifiesta que puede verse “bonito cuando se ve en una pantalla con actores y efectos especiales… Cuando es una realidad del día a día, no es nada bonito”.


Y no es para menos: tanto en México como en Colombia, cientos de miles de personas -inocentes y no- han muerto por crímenes relacionados al narcotráfico, una estadística cotidiana y terrible que parecería olviarse ante la santificacón de Escobar y sus malandras. Es fácil olvidar ante el encantador padre de familia, el sagaz negociador, el ambicioso soñador que más del 80% de los colombianos se han visto directamente afectados por las acciones de Escobar, más de 4 millones de colombianos han sido exiliados por esa violencia y que su guerra sin cartel mató a más de 3 mil civiles, de acuerdo a El País.


Narcos: México parecería presentar la misma humanización de Gallardo. Cabe aclarar que en México mueren más de 70 personas por día que suman 250.547 homicidios en el país entre diciembre de 2006 y abril de 2018 desde el comienzo de la “droga contra el narcotráfico”, según INEGI y SNSP. Y la cosa no mejora: de acuerdo al Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2017 se registraron 29.159 carpetas de investigación por homicidio doloso en México, convirtiéndolo en el año más sangriento de su historia reciente.


Lucrar con la narcocultura y humanizar a asesinos de miles ya es bastante malo de por sí, pero es abiertamente irresponsable propagar un estereotipo del latino narcotraficante en general y del mexicano en particular en este clima político. Al elegir glorificar estas narrativas en la pantalla chica, se perpetúa el estigma narco en el gobierno de Donald Trump, un deportador serial de inmigrantes mexicanos. Es más: estamos ante una de las crisis migratorias más grandes de la historia y catástrofe humanitaria en México hace que la nueva aventura Narco tenga mucho más que sólo pésimo timing. De hecho, muchos espectadores lo encuentran como una falta de respeto.


La trama de violencia y tragedia -que adapta la realidad cuando conviene y suma drama ficcionado cuando no- podría no ser la decisión más acertada. Sin importar cuán espectaculares, actuales y trascendentes sean estas historias, cabe preguntar si no es más pertinente alejarse del morbo torturante de Kiki Camarena y mostrar las consecuencias del crimen relacionado al narcotráfico en América Latina. Por qué humanizar a alguien como Pablo Escobar o Miguel Ángel Félix Gallardo cuando podría tenerse la misma cortesía con aquellas personas que cruzan la frontera para escapar de sus propias tragedias nacionales.

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