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Modo BAFICI: crítica a 'Una Ciudad de Provincia' de Rodrigo Moreno

Modo BAFICI: crítica a 'Una Ciudad de Provincia' de Rodrigo Moreno

To be determined
Por Gabriella Botello
En 140 caracteres o menos: los méritos del Moreno-comodín del BAFICI están justificados. He dicho.

Caprichoso patchwork barcazas y redes, de galguitas y pescaditos, de noche adolescente y motito chismosa, de chacarareras y noni-río, de 147 dilapidados y artesanías, de escobillón y Amargo Obrero con soda (aguante todo): Colón, provincia de Entre Ríos, pendula entre la siesta y la ebullición, entre la vacación correntosa y la eyaculación del truco-pero-no. Y el vivir, devinir, fluir de una Ciudad de Provincia es el último arranque del recurrente Rodrigo Moreno que, sin tema o pretensión, compite fuerte en la categoría argentina del BAFICI. .

La vida sin explicaciones o agenda: la cotidianeidad abyecta de las vísceras de Entre Ríos es el tema del documental. Y sanseacabó. No hay más guion que el del montaje, el susurro cargado de río, la tos seca del sinfín de motitos, el scrum del sol y la guitarrita que rasca el fondo henchido de árboles. Escena tras escena de vouyeurismo comunal en fórmula federal radiografía la realidad pueblerina del Interior (¿Interior de qué? ¿Quién o cómo?) a la espera del hecho cinematográfico por el bien del hecho cinematográfico. Y, en noventa minutos, se logra. Las generaciones, el trabajo, las dinámicas sociales, el ocio, la política, el deporte y hasta el sistema provincial de riego quedan plasmados con indudable maestría fotográfica impresionista y golpe certero a la función primigenia del cine: plasmar la realidad.

El mito de la reinvención del cineasta se hace carne en Moreno, que se aprieta el botón de eject y surca los cielos de la escena nacional en paracaídas de celuloide. Ocurre el milagro y se autoinventa a sí mismo con libertad y goce. Este casi homenaje a los primeros esfuerzos Lumiéretásticos en los que la realidad se retoba frente a nuestros ojos también es hijo del rigor y obedece a los parámetros contemporáneos. Y punto.

La siesta melosa se anida en el corazón con consistencia de dulce de zapallo. El contenido simple, la forma suave, la composición misteriosa nos deja gustito a vacaciones bajo la lengua, retrogusto a los aperitivos del bar de Mito y la saciedad excelsa de saberse besado por el río. Eso sí: como cualquier Ciudad de Provincia no funciona para la ansiedad desacralizadora de siestas (que, francamente, habita en cada porteño).


(Imagen de Portada: Rodrigo Moreno)

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