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'Kiki: el amor se hace': ¡piedra libre a la misoginia! [CRÍTICA]

16 de febrero del 2017
Por Gabriella Botello
Vitaminas de comedia porno para un Paco León que confunde libertad con libertinaje. El tercer largo del español es más director que película, y entre rosa pastel, frutas, fetichismos, antros reventados de sexo y un guión supremo, se esconde la microviolencia de un relato que naturaliza el abuso y la misoginia. Que el sexo es un tema serio, vamos.

Ya el título pintaba mal. KIKI, el amor se hace prometía género comedia erótica desde el mismísimo tráiler: auguraba un cóctail de pornografía con acento madrileño, falsa transgresión que se la juega de progresista para mostrar pezones en pantalla y retrogusto soso de comedia romántica made in San Valentín insalvable. Parecía pésima... Pero era peor.

El tabú fue el anzuelo y los fetiches, la carnada. Y KIKI, el amor se hace es el gatillazo cinematográfico de Paco León para entender los vínculos sentimentales a la luz de la libertad sexual, la naturalización del placer, el deseo sin tapujos y la aceptación de uno mismo. Y, porque el que avisa no traiciona, aclaremos de entrada: aquí hay una marea de spoilers.

(Imagen: Vertigo.)

A saber, las parafilias son la parte central del film. Según la Real Academia Española: comportamientos sexuales mediante los que se alcanza el placer con objetos, situaciones, actividades, o individuos atípicos. El sexo es la pantalla con la que los personajes (fetichistas de las lágrimas, poli-amorosos, somnio-fílicos, y adicta a las telas inclusive) lidian con sus insatifacciones del plano afectivo... Vemos tetas, slips crueles, palmetas en el trasero y todo tipo de juguete erógeno, orgasmos en escena, sexo hasta en la sopa, y el creativo uso de props frutales como polisíndeton de los genitales. Hasta aquí todo bien.

Pero la naturalidad hipster con la que se quiere embeber a la historia para anular la rareza y vivir la sexualidad como mera sexualidad (por más lágrimas, telitas o pastillas para dormir que se precisen) fracasa. La historia deshilachada y sin verdadera disrupción al status o arco dramático que permita plantear cómo el sexo atraviesa nuestras relaciones afectivas sería pasable si ese tufo conservador que atraviesa la película no trayera adelante constumbrismos patriarcales. Y no hay teta hiperbólica u orgasmo en la vía pública que salve a una película que se esfuerza contra su propia idea. Es que no hay transgresión: hay sumisión.

(Imagen: Vertigo.)

Escena: la somnio-filia de un cirujano plástico, desesperado por acostarse con su mujer parapléjica mientras duerme, la lleva a drogarla con un fuerte y potencialmente letal somnífero para hacerle masajes con aceite perfumado, simular relaciones sexuales, comprar ropa interior usada, hasta golpearla contra los muebles mientras está inconsciente. Al confrontar a su marido, pensando que las compras de braguitas y juguetes sexuales eran para otra mujer, se le revela que ha sido violada. La amenaza de la denuncia queda trunca: "¿Qué le dirás a la policía? ¿Que tu esposo se vuelve loco por compartir la cama contigo? ¿Que quiere hacerte el amor porque te ama?". Besos, aplausos, baile de reaggetón en silla de ruedas y todos contentos.

El problema es que no. La apología a la cultura de la violación y la concepción de que todo romance amerita el sacrificio del cuerpo en el altar del amor es el peor (y el más hiriente) de los pecados. Y la risa (porque hay risa, hay chiste, hay musiquita y hay montaje) convierte en cómplice al espectador para legitimar y, peor aún, naturalizar esa violencia."Es que, vamos, la viola porque la ama". He ahí el crimen: que el cine se vuelva contra su propia idea y que la transgresión se convierta en la prolongación de las normas.

En el apogeo de Ni Una Menos y el reconocimiento de que los productos culturales construyen y cementan las justificaciones para la violencia sexual (la hábil objetivización de la mujer mediante), es una irresponsabilidad hacer películas como KIKI: el amor se hace.

Hay, sí, un norte estético. La estilización visual y la esterilización temática, una plasticididad comercial que agrada el ojo. El reparto es magistral y lleva con naturalidad las excentricidades de sus personajes. E, incluso, con el asesoramiento indicado, la comedia podría haber sido pionera para dirigir una mirada saludable sobre cómo hacemos el amor (y el amor nos hace).

(Imagen de Portada: Vertigo)

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