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Crítica de 'Suspiria': Transferencias macabras

11 de enero del 2019
Por María Paula Ríos
Danzas paganas, crisis política, y un mandato matriarcal.

Luca Guadagnino se animó a realizar un remake de Suspiria, el clásico giallo de Darío Argento, y salió más que airoso. No solo porque le añadió su gesto autoral, sino también porque respeta el espíritu de la original. Si, quizá esta es un poco más compleja, más barroca desde un punto de vista narrativo (aunque no lo crean), ya que está atravesada por lecturas políticas, oníricas, feministas y hasta psicoanalíticas.

La trama sigue a Susie Bannion (Dakota Johnson), una joven estadounidense nacida en el seno de una familia menonita, que decide ir a Berlín, Alemania, a perfeccionar sus estudios de danza en la mejor escuela del mundo, dirigida por Madame Blanc (Tilda Swinton). Una vez allí realiza una audición tan buena, que inmediatamente queda pupila en la institución. Vale destacar que la cinta está ambientada en los años 70´, en medio de una Alemania socialmente agitada, durante el período de la Guerra Fría, sumados los resabios del nazismo.

El prólogo ya establece el tono de la historia. Una de las alumnas de la selecta escuela de danza, va a ver a su psicoanalista, también uno de los protagonistas del film, en una especie de estado de delirio persecutorio. Este escucha sus “locas” historias de brujas y sociedades secretas, mientras anota en su cuadernito y se vislumbra un tomo de Jung. Ella sale perturbada del consultorio y después de esa visita desaparece. En este contexto ingresa Susie a la institución.


Divida en seis actos y un prólogo, después de este, a medida que avance, el relato se tornará cada vez más rebuscado, onírico y hasta primitivo. Nunca se nos oculta quienes son ese grupo de mujeres que llevan adelante ese lugar tan riguroso. Hay un orden matriarcal establecido y se respeta a rajatabla; así como un alto grado de manipulación, del que no quedan exentas las alumnas, menos la tímida señorita Bannion.

La puesta en escena y las actuaciones de todas las mujeres, son elevadas. Funcionan como ese todo orgánico que representan en la película. No queda ajena la situación política de Alemania, que se acopla al tono alucinatorio y perverso de la historia. Es cierto es su ritmo se torna un poco lento, pero es necesario para ir construyendo (y cause mayor impacto) el explosivo capítulo final. Una fiesta para los sentidos y los amantes del gore. Todo lo reprimido detona y el caos reina por un momento ese mundo femenino donde el hambre de poder también es un elemento más del sistema.

Guadagnino no tiene miedo a la hora de asumir riesgos, respeta la concepción matriarcal de Argento, pero a su vez es irreverente. Estamos ante una obra excesiva, pretenciosa e imperfecta que toma un camino estético diferente a su referente, pero narra algo similar. Además, la dota con un plus, una mirada tan romántica como descarnada sobre la Europa de esa particular época. Suspiria es un viaje de ida que vale la pena realizar.

(Foto de portada: Amazon Studios)




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