The Creepy Zone: sobre '¿Quién puede matar a un niño?', de Chicho Ibáñez Serrador

María Paula Ríos · _Live_in_Peace

Publicado el 30 de junio del 2017

Continuamos rescatando joyas del fango del cine de terror y descubrimos esta obra maestra española dirigida por el hijo de uno de los íconos del género, Narciso Ibáñez Menta.

La cita fue hace unos años atrás en un barrio de Buenos Aires, iban a pasar una película, pero no sabía cuál era. Al igual que el curso que estaba realizando, me dejé llevar por el factor sorpresa. En la pantalla, un grupo de cándidos niños recibía a una pareja de turistas en una idílica isla, lo que sucedía después no encajaba “con las características del buen gusto burgués que aún mitifica a la infancia como edad de la inocencia", resumía con precisas palabras el director del film.

La cinta en cuestión es una joya del cine de género: ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Chicho Ibáñez Serrador. Pareciera que el talento es genético, ya que Chicho es el hijo de una leyenda: Narciso Ibáñez Menta, actor, productor y realizador, de las historias más macabras de los años 60 y 70. Para esta película, Serrador, se basó en la obra El Juego de los Niños, del asturiano Juan José Plans, por supuesto tomándose licencias creativas para su transposición a la pantalla grande.

Los niños dominan la isla. (Foto: Penta Films)

En el prólogo de la historia un fundido en negro y una canción infantil dan paso a material de archivo en el que podemos observar crímenes que se han cometido contra la humanidad. Auschwitz, la guerra de Corea, la de Vietnam, la de Biafra… en todos los casos, las imágenes dan cuenta del número de víctimas infantiles. Datos que funcionarán como pistas dentro de un relato que forja un clima de extrañamiento poco usual en las películas de la época.

La acción comienza cuando un matrimonio de turistas ingleses (ella, embarazada), llegan a la isla solitaria de Almanzora, donde al parecer sólo habitan niños. Sorprendidos de no encontrar personas mayores, comienzan a investigar y descubren cuerpos mutilados de adultos. Midiendo las actitudes y comportamientos inusuales de quienes moran el lugar, se darán cuenta entonces de la dramática verdad: los inocentes niños los han asesinado.

Una de las escenas más perturbadoras de la cinta.(Foto: Penta Films)

En ¿Quién puede matar a un niño?, la subversión radica en presentar como ente malvado a un ingenuo grupo de niños. Si bien la figura infantil ha sido empleada en clásicos como El Exorcista (William Friedkin, 1973) o La profecía (Richard Donner, 1976), en la mayoría de los casos se utiliza al infante como un vehículo narrativo a la hora de retratar al mal. Chicho invierte la lógica plasmando el horror en la propia inocencia del niño, siendo esta un arma de doble filo.

En la película, el asesinato no es más que juego para los chicos, quienes no tienen dimensión de su crueldad. En ese binomio donde la candidez y perversidad van de la mano, se construyen imágenes muy perturbadoras para un público acostumbrado a ver al mal retratado de manera monstruosa y estereotipada. Los niños de Chicho Serrador son adorables en apariencia pero poseen una fuerza oscura muy diabólica en su interior. Una ambigüedad que eleva la originalidad y la potencia del relato.

La pareja en la idílica isla. (Foto: Penta Films)

Otro de factor subversivo es el uso de la luz, la claridad y un ámbito paradisíaco para instalar el horror, bien alejado de los habituales cánones del género, donde la oscuridad y la noche es el recurso fácil para causar sensación de temor. Serrador construye un tratamiento de terror puramente psicológico, alejado del gore y la fantasía, donde los personajes quedan a merced de una lucha introspectiva que traspasa la fisicidad y se posa en la premisa moral que queda bien resumida en el título.

¿Quién puede matar a un niño? esa una de las propuestas más arriesgadas de toda la historia del cine género en España. Con una cámara al hombro Chicho se cargó una película de suspenso puro en su estructura, planteando también una alegoría de nuestra sociedad: “Los niños siempre son las víctimas de los adultos, y en mi película algo ocurre para que los niños decidan defenderse de sus enemigos. Creo que no nos damos cuenta de que nosotros somos los verdugos", señaló el realizador; personalmente agregaría también consecuencia de la propia violencia estructural.



(Foto de portada: Penta Films)

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