The Creepy Zone: el “slasher metal” del cine de Rob Zombie

María Paula Ríos · _Live_in_Peace

Publicado el 30 de marzo del 2017

En nuestra sección, hacemos un recorrido de la filmografía de una de las figuras más revolucionarias del cine de terror. Sin dejar a nadie indiferente, Rob Zombie imprime con sello propio un universo gore, descarnado, audaz, incómodo y cinematográficamente incorrecto.

El músico y cineasta Rob Zombie, ya es una figura instituida en el mundo del horror. Con una impronta salvaje, sus películas fusionan varios géneros y subgéneros: el universo clase B, cómics, satanismo, splatter, carnival, explotation y hasta giallo italiano. Una estética de éxtasis sensorial, en sintonía a una época donde la multidisciplinaridad y la pluralidad discursiva predominan. Fenómenos artísticos emergentes que buscan provocar la excitación emocional del público.


DELINEANDO UNA ESTÉTICA

Fanático del cine de género —su banda de heavy metal toma el nombre de un film de terror protagonizado por Béla Lugosi: White ZombieRob debuta con la cinta 1000 cuerpos (2003), en la que dos jóvenes parejas, se tornan víctimas de una familia de psicópatas. Aludiendo su tono a las películas clase B de la década del setenta, mezclado con un humor macabro que homenajea a los hermanos Marx, aquí no faltarán asesinatos brutales, canibalismo y ritos satánicos. Este film delineará todo el entramado estético de su obra.

Siguiendo la misma fórmula, en 2005 estrenará Violencia diabólica, secuela de su ópera prima, en la que esta alocada familia huye de la ley. Con estructura de road movie, la trama deja a un lado el componente sobrenatural y se vuelve bien terrenal. Zombie logra combinar géneros como el western y slasher en un contexto post-moderno.


DEGLUTIDO POR LA INDUSTRIA: LAS DOS HALLOWEEN

En una época en donde la fiebre de los remakes esta al orden del día, este realizador se animó a dirigir el reboot de Halloween: el comienzo (2007), nada menos que una versión del clásico del maestro John Carpenter. Cinta que no pudo a aportar demasiado a tamaña obra maestra, salvo una indagación psicológica sobre los orígenes de la maldad de Michael Myers, allí donde Carpenter jugaba con la ambigüedad del asesino. Para este era una especie de figura fantasmal, de origen sobrenatural.

El Mike Myers de Rob Zombie. (Foto: Dimension Film)

Dos años más tarde, dando continuidad a la franquicia, realiza Halloween II (2009), una secuela propia, muy tibia, que da cuenta de un gore correctamente ejecutado: mucha sangre, decapitaciones y deformaciones. En esta incursión a los canones de la industria hollywoodense, Rob pierde un poco la esencia de su primer cine.


REGRESANDO A LOS ORÍGENES

Sin las exigencias de la industria, y con menor presupuesto, Zombie dirige The Lords of Salem (2012). Alejado del montaje abrupto, invoca al cine satánico de los años 60’ y 70’, del tipo El Bebé de Rosemary, de Roman Polanski. Con temática similar, el argumento versa sobre una exitosa locutora de radio, que después de escuchar un vinilo de la banda The Lords, comenzará a alucinar y tener pesadillas, a su vez que gestará en su vientre al anticristo. Lisérgica, onírica, crepuscular, también con un cierto dejo de melancolía, la cinta crea una atmósfera opresiva.

The lords of Salem. (Foto: IM Global)

Su última incursión en el mundo cinematográfico, fue el año pasado con 31, en la que cinco personas son secuestradas en un lugar llamado Murder World. Mientras están atrapados, se verán obligados a participar de un juego violento llamado 31, donde tendrán que sobrevivir a una pandilla de payasos asesinos. Una vuelta a su estilo más gore, su montaje frenético, personajes que actúan por puro instinto, como en 1000 cuerpos. Donde el espíritu clase B sobrevuela desde la estructura fílmica hasta las actuaciones.

31, lo último de Rob. (Foto: Palms Star Media)

Creador de un cine inestable, que rechaza lo normativo, con un fuerte sentido anticlásico, debido a un impulso alegórico, Rob Zombie propone una estética propia dentro del género terror, que recurre a motivos neobarrocos como el ritmo y la repetición, el límite y el exceso, la violencia, el erotismo, el artificio y el simulacro, y sobre todo un éxtasis emocional labrado en lo físico.

(Foto de portada: Geeks of Domm)

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