Crítica a 'La cabaña del miedo': sangre y vísceras plásticas que no sugestionan a nadie

María Paula Ríos · _Live_in_Peace

Publicado el 13 de agosto del 2016

Travis Z realiza un remake fastidioso y sin personalidad y esta es nuestra dura crítica a la película.

Que no haya demasiado presupuesto, o querer homenajear al género clase B, no equivale a no tener buenas ideas o un argumento sólido. Travis Z se atreve al remake de una película, homónima, dirigida por Eli Roth en el 2002 (entre nosotros un film que pasó bastante desapercibido) y realiza una especie de copy paste mal hecho. En este universo tan visitado del grupo de amigos que va a vacacionar a una cabaña, al realizador no se le ocurre ni una idea nueva.

No solo no hay un aporte novedoso, sino que además las actuaciones no convencen y los efectos especiales, a pesar de que estamos en 2016, son demasiado inverosímiles. Sangre y vísceras plásticas que no sugestionan a nadie. Por ahí si la apuesta en la narración era insinuar algo de humor negro, esta artificialidad habría estado justificada, pero la película se toma demasiado en serio. Se nota que la intención final es impresionar y asustar, cosa que no sucede, entonces queda en el limbo de la indiferencia, porque ni siquiera causa gracia en despropósito.

El niño que muerde con máscara de conejo.

Yendo al argumento, como se anticipó en el primer párrafo, es la típica historia de universitarios que se van una semana al bosque en busca de diversión y sexo. Allí, un extraño virus que se transmite a través del agua empieza a quemarlos a piel viva uno a uno. Están los típicos clichés de todo film de horror: los personajes foráneos que ocultan algo, un niño con la extraña conducta de morder y su rostro oculto tras una máscara de conejo, una sheriff trastornada y sexópata…en fin, una  galería variopinta de personajes freaks.

El grupo de estudiantes frente a un intruso con virus.

Pero en este desfile de personas e historias nada se conecta. Pareciera que son elementos aislados sacados del manual del terror y tirados allí sin ningún tipo de relación o cohesión narrativa. Y así quedamos apáticos, tanto en la empatía con los protagonistas, como con el argumento en sí. Lo más rescatable, y que realmente causa tensión, es la banda sonora compuesta por el experimentado Kevin Rielp, lo demás... puro fastidio.

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