'Chernobyl': una temporada en el infierno [CRÍTICA]

Gabriella Botello · sucucho

Publicado el 7 de junio del 2019

Hoy estrena el último capítulo de la mejor miniserie de la Historia y nos recuerda el poder de las mentiras

Chernobyl - la recreación hiperrealista de la explosión de la central nuclear homónima en la madrugada del 26 de abril de 1986- es una pesadilla en cámara lenta, una temporada en el infierno, una tormenta perfecta, una secuela de la devastación. El tour de force de 5 horas de duración arrastra al televidente por los efectos de la mentira, la incompetencia humana, la arrogancia, el poder, y la devastación en un trip sin concesión alguna a la sensibilidad. Y, ante todo, es un poderoso prodigio narrativo y estético que vuelve a reescribir el paradigma de cómo hacer televisión.


Ver Chernobyl es difícil. El relato es explosivo, no sólo por la escala faraónica de recrear en tiempo real el peor accidente nuclear de la Historia, sino porque la serie entiende, desde el primer momento, que la catástrofe -por terrible que sea- no es el foco central de la trama. El protagonista ineludible es el efecto dominó de mentiras, malas decisiones, de encubrimientos, e irresponsabilidades que hicieron de Chernobyl una espiral descendente de destrucción del mundo conocido, una transformación al mismísimo ADN de la Humanidad, un cáncer que se expandió hasta la médula de la Rusia soviética.


La introducción a la historia marca la tónica del ejercicio de tensión que es Chernobyl: las cintas que el deteriorado Valery Legasov en las antípodas de la enfermedad (un descomunal Jared Harris que mínimo merece un premio Emmy, o renunciamos) grabó con su voz de aceite de motor, depresión, y tabaco. Los primeros quince minutos introductorios nos arrojan al maremoto que es Chernobyl, una estructura iterativa que se repetirá en toda la serie. Basta un cuarto de hora para saber que esta miniserie presta una obsesiva atención al detalle -la grabadora soviética, los casettes en ruso, los modelos de los autos, los utensilios de cocina, un universo visual de corrección estética made in URRS que veremos en los 5 capítulos-, explora la fatalidad en clave ominosa, carga un mensaje político sin medias tintas que analiza las jerarquías de poder soviéticas, y la muerte atraviesa la serie de punta a punta. Es que Legásov, pasados esos quince minutos, se ahorca en su cocina. Desde ahí, y por los siguientes 255 minutos de dolor y tensión, somos testigos de la dimensión calamitosa que pueden tomar la mentira.


Nuestro primer acercamiento a los eventos es un dramático clavado narrativo que profundiza en el accidente en sí. Vemos al segundo la terrible madrugada del 26 de abril de 1986, en las afueras de la ciudad de Pripyat. Vemos la explosión del reactor 4, y la reacción incrédula de los técnicos de la central nuclear que, pese a vomitar sangre, siguen negando lo evidente. Vemos la cuadrilla de bomberos trabajando bajo la luz amarilla antinatural agarrando grafito con las manos y con la cara hecha una llaga por la irradiación. Vemos a los niños jugando con ceniza como si fuera nieve, a familias enteras mirando el espectáculo atómico, a la apocalíptica nube negra que llegará hasta Suecia cargada de iones radioactivos. Vemos a burócratas en un búnker asegurando que nada ha salido mal mientras evocan al espíritu de Lenin para encubrir el desastre. Vemos a Lyudmilla Ignatenko (Jessie Buckley con permanente rubia) saludando por última vez a su esposo Vasily mientras tiembla su cocina en una esfera de luz blanca.

Chernobyl es, como serie, una onda expansiva que desde un hecho único, se ramifica como un rizoma y crece. Desde ese momento, se abren múltiples líneas narrativas que el escritor Craig Mazin y el director Johan Renck filtran a lo largo de esta pieza, una dimensión increíblemente humana que usa como trampolín para eyectar el relato de uno de los más terribles accidentes de la historia. Estamos ante un relato coral hecho y derecho, con una maravillosa construcción de personajes para contar la historia de Pripyat, Ucrania, y la Unión Soviética que teje y desteje la red de encubrimiento y mentira post Chernobil.


Es en ese punto que conocemos a Legásov, científico convocado por el viceministro Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård, a quien aplaudimos de pie) y por el primer sóviet Mikhail Gorbachev (David Dencik) para liderar una investigación, comprender instantáneamente que ni en 10 mil años se solventará esta catástrofe. Su línea narrativa entra en colisión directa con la de Ulana Khomyuk (Emily Watson en en una de las pocas licencias creativas que se toma Chernobyl), una física nuclear que reparte tabletas de yodo, investiga las causas del accidente, y que obrará como voz de la corrección moral. En el medio, personajes como Lyudmilla, que mira el cuerpo de su esposo pudrirse en una masa de pus, llagas, y sangre en cama en Moscú, y Pavel (Barry Keough de Dunkirk), un teen que ve al horror a la cara cuando debe matar a las mascotas irradiadas que los evacuados habían dejado atrás. En el medio, el pueblo ruso: empleados de las plantas, trabajadores de hospitales, soldados, granjeros, ciudadanos, niños, bebés y camaradas.

Las escenas que se suceden son terribles (y mucho se lo debemos al director sueco gore Johan Renck). Vemos misiones suicidas fútiles de tres buzos que firman su propia sentencia de muerte para evitar una masiva explosión hídrica con una potencia de 400 megatones, muertes que se suceden en ampollas hiperrealistas y vómitos de sangre, los hoscos mineros que trabajaron desnudos para intentar salvar a toda Europa del desastre nuclear, funerales de los héroes que se convierten en hormigón con tumbas tapadas de cemento para que sofocar sus cadáveres radioactivos, helicópteros que caen en ese agujero negro que es el reactor expuesto, el espeluznante espacio donde debería estar el núcleo, las babushkas que después de zares y Stalin se niegan a irse, espantapájaros ominosos en campos vacíos, el vacío, el humo, y la destrucción. La dirección de la fotografía es tal que Chernobyl alcanza una gracia soviética, una belleza aterradora, a la hora de retratar la devastación de esa tragedia nacional.


Las imágenes crudas y obsesionadas de poco servirían sin un sólido guión y una maravillosa estructura narrativa que le escapa a la pantomima del docudrama histórico. Los cientos de piezas móviles de este relato construyen un reactor por su cuenta, donde el espléndido trabajo de los protagonistas inyecta una urgencia desesperada al material más potencialmente seco. Es su trabajo -en particular, el de Harris y el de Watson- el que ordena el rompecabezas y las complejas bobinas Chernobyl, que nos explica desde cómo funciona un reactor hasta por qué se tiene que limpiar a mano el techo lleno de grafito. La enorme ristra de masivas complicaciones con consecuencias potencialmente mortales dan bastante lugar para giros narrativos que convierten a esta serie en una verdadera adicción.

Vale mencionar la dinámica eléctrica entre Harris y Skarsgård en roles que ciertamente definirán sus carreras es uno de los elevadísimos puntos de la serie. Amén de un acertadísimo cásting, hay una sólida construcción simbólica de cada personaje, frente y reverso de una moneda unida por el amor al país y a su gente. El horror sin parsimonia de Legasov choca con los modos apparatnik del político rancio de Shcherbina y hay, entre los dos, una cantidad de energía estática que se convierte en magia ante su conflicto, colaboración, comprensión mutua. Su relación es la que orea la agonía de uno de los espectáculos más tensos de la televisión, que sólo se profundiza ante la trascendental empatía que sentimos por cada personaje que conocemos en Chernobyl.


Pero, ante todo, Chernobyl entiende muy bien que su objetivo es el efecto de la mentira, y cada episodio refuerza cómo ese encubrimiento es responsable por la muerte de miles de personas (31, de acuerdo a los archivos rusos, 93 mil en los no oficiales). Los operadores de planta y los funcionarios inventan mentiras, entendiendo que en contexto de la guerra fría, es primordial que este sea un secreto de Estado para no mermar el poder totalitario de la URRS. Se les miente a las bomberos y rescatistas de emergencia, que tocan el grafito con sus manos, firmando su sentencia de muerte. Se le miente a la población, minimizando el problema y afirmando que la evacuaciones son meras rutinas. Se encubre información vital sobre un problema trascendental de los protocolos de seguridad de los reactores soviéticos que, en definitiva, causó el accidente y podría causar muchos más. Los políticos construyen mentiras aún más grandes para mantenener al mundo en la oscuridad sobre la escala aterradora del desastre. "El verdadero peligro es que si escuchamos suficientes mentiras, entonces ya no reconocemos la verdad", dice Legasov. Y tiene razón.

Chernobyl se guarda la lección sobre cómo falló el reactor para el último episodio, una maravillosa decisión estructural que nos obliga a atravesar el caos y la incertidumbre de la fusión con el resto de los personajes sin saber por qué sucedían las cosas o cómo solucionarlas. Vichnaya Pamyat es la condensación de todo lo espléndido de la miniserie, una hazaña narrativa de proporciones épicas que muestra en tiempo real el accidente. Amén de patalear contra el sistema y de evidenciar que la banalidad del mal se esconde en los detalles ("Es más barato" como justificación a errores de base), hay una profunda crítica política. Es esta lenta marcha de la muerte la que nos devuelve en el tiempo antes del caos, un último horror dramático, histórico y científico que nos recuerda por qué estamos ante una de las mejores series de la historia.


Chernobyl es una autopsia en cinco partes que, más allá de recrear con sombría precisión los eventos reales, busca mostrar cómo estas mentiras, la codicia, el orgullo, el negacionismo, la soberbia, y la ignorancia pueden metastatizarse al punto de literalmente borrar a un continente del mapa. No hace falta ser un físico nuclear para entender la urgencia del mensaje: con la construcción de 54 plantas de energía nuclear en 16 países y 454 plantas activas en el planeta, la energía nuclear sigue teniendo el potencial de destruir nuestras vidas... Sobre todo, teniendo en cuenta la catástrofe climática creada por hacer oídos sordos a conflictos de la misma envergdura.

En el último capítulo, Chernobyl resuena en entender que la acción individual es poderosa y que ser humano y habitar este planeta acarrea una profunda resposabilidad. Donde la convicción moral de Legásov y Khomyuk por decir la verdad es la que salva millones de vidas, el mensaje llega clarísimo: por más ínfimos que seamos frente a un aparato estatal masivo, todos tenemos el potencial de cambiar las cosas, de ser heróicos y valientes, de ser honestos. Y no se trata de difamar al poder nuclear o siquiera al comunismo: la conversación se trata de nosotros. En plena muerte, destrucción y desastre, Chernobyl sigue siendo también un bastión de la esperanza.


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