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Steven Spielberg no quiere Premios Oscar para Netflix (y por qué eso está mal)

Steven Spielberg no quiere Premios Oscar para Netflix (y por qué eso está mal)

4 de marzo del 2019
Por Gabriella Botello
La plataforma de streaming implica un enorme cambio en el ecosistema del entretenimiento.

Como cada año, los Premios Oscar nos dejaron sendas consideraciones para macerar durante el año: A) Lady Gaga y Bradley Cooper deberían ser pareja (sean buenos, porfa, y dejen de ilusionarnos así); B) Green Book jamás mereció el Premio Oscar a la Mejor Película (duh); y C) el cambio del ecosistema del entretenimiento que vino de la mano de Netflix empieza a pisar fuerte con todo aval de la Academia… La nominación de Roma y el (merecidísimo) premio mayor a Alfonso Cuarón implica un movimiento tectónico en la pangea de la industria cinematográfica como la conocemos y demuestra que el streaming llegó para quedarse.


Obviamente, eso no le gustó demasiado a alguna gente… Que básicamente se nuclea en Steven Spielberg, quien pasará a la Historia como el más obstinado de los resistentes a los cambios culturales que sacuden a la industria del cine. El veterano director y uno de los pocos maestros indiscutibles de Hollywood pelea con uñas y dientes para excluir las películas de Netflix de futuras consideraciones al Oscar. La postura spilbergiana -amén de ya crear una grieta irresoluta dentro del establishment hollywoodense- no sólo es inflexible y demuestra poca adaptabilidad a la norma del entretenimiento actual, sino que podría tener serias repercusiones para la industria cinematográfica.


Vamos por partes. Esta no es la primera vez que el bueno de Steven pone el cuerpo (y opiniones contundentes) a servicio del ideal de la experiencia cinematográfica del usuario. Es que, allá por el siglo pasado, Spielberg fue increíblemente vocal a la hora de impedir que E.T. The Extra-Terrestrial, en su momento, la película más rentable de la Historia, tuviera un lanzamiento en VHS. ¿El motivo? Temía que el visado casero (siempre más barato y cómodo que ir a las salas) disuadiera al público y, por ende, obligara a los estrenos teatrales a acortarse, algo que afectaría la recaudación final del filme. Cuando finalmente cedió en 1986, lo hizo más por luchar contra la piratería que por principios y, así y todo, demostró estar equivocado: el VHS se convirtió en una segunda forma de recaudación y la propia E.T. se embolsó unos US$ 250 millones en ingresos.


Con el paso del tiempo (y con tiempos de estrenos cada vez más cortos como la norma) , Spielberg se ablandó y hasta apoyó la fundación de Napster para que los grandes éxitos de taquilla estén disponibles para verlos en casa el día de sus estrenos cinematográficos. Así y todo, parecería que Netflix fue demasiado lejos para él y ya explicó en ocasiones anteriores que las considera “películas para televisión”. Tras las tres victorias del Oscar de Roma en los Premios de la Academia de este año, Steven se radicalizó y cargó el estandarte de defender la experiencia pura de ir al cine.

Ahora, según múltiples informes, se espera que se pronuncie en la próxima reunión de la Academia para hacer que las reglas de admisión sean más estrictas, algo que sin dudas obstaculizaría las posibilidades de clasificación de los títulos de Netflix. De acuerdo a los rumores, Spielberg basaría su batalla en el limitado estreno cinematográfico de las películas de la plataforma de streaming, demandando que al menos estén en cartelera durante cuatro semanas para poder clasificar. Más fuertemente, también sería necesario revelar los números de taquilla para poder ingresar a la carrera, algo que todos los estudios hacen, pero que Netflix se ha negado categóricamente a revelar con todos sus contenidos. .

Y, vamos, que hay mucho de Netflix que nos pone escépticos (sin ir más lejos, los US$ 50 millones que gastaron en marketing para sus películas en los Oscar, el triple de lo que gastan los estudios tradicionales, algo que también pondrá en duda Spielberg), pero no tenemos que amar necesariamente a la plataforma para defenderla. Según muchos directores que la eligen para producir películas -como Ava DuVernay, que estrenará dos documentales de forma exclusiva por su pantalla-, Netflix invirtió sostenidamente en la creación de películas más diversas y en aquellos proyectos que, por distintos, fueron tradicionalmente excluidos del sistema de estudios tradicionales.

Roma -una historia excepcional sobre jerarquizaciones socio-raciales, rodada en blanco y negro, y en 35 mm, y en idioma extranjero al de la Academia, sin ganas de complacer al público mainstream- es uno de los grandes ejemplos de la calidad que alcanzan estas narrativas, que otrora no encontraban sitio en el tirano sistema de taquilla y estrenos por fuera del plano indie. Es ridículo definir una pieza cinematográfica de este calibre como “película para televisión”, sobre todo siendo que Netflix fue utilizado meramente para la distribución del film y no para su producción. . A Roma, se le suman originales espectaculares, como The Ballad of Buster Scruggs de los hermanos o Mudbound, de Dee Rees. Solo porque una película no se crea exclusivamente para estrenarse en un cine no quiere decir que no sea una pieza superior de cinematografía, trama, y búsqueda estética.


Tampoco es que Netflix esté solo en el esfuerzo de crear contenidos de calidad merecedores del Premio Oscar para un público de millones de personas que ni tienen que abandonar su sillón para ver una variedad increíble de películas, documentales, y series. Amazon también estrena cine independiente de autor, pese a que opera más como una compañía de distribución independiente que como un servicio de transmisión: ya lo vimos con la increíble Suspiria.

Como ya sabemos, el aval de la Academia al premiar cintas diversas marca un cambio sociopolítico y un acomodamiento a realidades de una industria en constante evolución. Cambiar las reglas de los premios para imposibilitar a Netflix de participar es una manera de mermar la posibilidad de que pequeños productores y películas independientes (aquellas que no tienen la posibilidad de campañas millonarias y de mantener una película en cartelera durante varias semanas) tengan la misma importancia simbólica que los grandes blockbusters. No se trata sólo de defender la pureza de la experiencia cinematográfica, sino también la de mantener el status quo de la industria para seguir favoreciendo a los grandes power players de siempre.

Netflix -con todo lo que tiene que mejorar este servicio de transmisión para generar confianza- es un progreso inevitable. Es cierto que esta trascendental transformación ocurrió a un paso tan rápido y a un ritmo tan frenético que es difícil que veteranos como Spielberg quieran adaptarse, pero su bienvenida dentro del esquema no debería ser obstaculizada en pos de la tradición (que siempre ha sido excluyente y desventajosa para los más pequeños). El streaming y el cine pueden convivir, sobre todo siendo que la industria cinematográfica ha excluido sistemáticamente a los directores y productores mujeres, de color, o de otras minorías étnicas, raciales, o sexuales.


Imagen de portada: Fotomontaje de Fandango con imágenes de APA

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