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Modo BAFICI: Crítica a 'Vergel' de Kris Niklison

25 de abril del 2017
Por Gabriella Botello
Poesía en 24 frames (o muchísimos más): florece entre la Competencia Argentina el drama insensato de Eros y Tanatos trenzándose en capoeira. La cinecoreografía de Niklison bate una samba tun-tún en nuestras pupilas: el absurdo, el joie de vivre, la botánica y el duelo, una feijoada fílmica made in Brasil (que ameritaría todo premio posible).

Sí es poesía ver la carne transpirar. Sexo, sudor y lágrimas riegan el Vergel de Kris Niklison en el verano del duelo. Agroecología de octavo piso, prestidigitación, pianito, ikebana y hombres mono en el balcón abonan el relato que crece en la tierra fértil de la perfección técnica. Marginal, contracíclica y deliciosa: la Competencia Argentina tiene a su flor más bella en el huerto de la directora y coreógrafa.

Las feiras brasileras de la pareja protagonista se precipitan a abrupto (y letal) final: la escena inicial de Vergel dibuja el conflicto con sutileza y precisión. En criollo, el marido muere en un accidente y sienta la topadora vertical del tropos que atravesará el film: el duelo. La trinchera en la que anida la reciente viuda es un departamento megacéntrico (bah, pasa el 106, que une Liniers-Retiro, en la esquina) que contiene verdadera selva porteñamazónica en el octavo piso (cuya locataria es una hortelana en potencia y recuerda constantemente el riego). La tirana burocracia veraniega porteña chiclea la repatriación del cadáver que, déspota, la fuerza a quedarse (indeterminadamente) en la Ciudad de los Aires Buenos. Trámites, carátulas, ponderación metafísica, llanto-aullido y trucos de magia estiran la estadía hasta la llegada de la vecina del piso inferior (y de affaire culpógeno/confort). La vida se abre camino y el arco dramático crece como Pasionaria, se enamora de sus muros de sólido guión, y resuelve como la vida misma.

El maridaje de las pulsiones de vida y muerte, la insoportable desesperación y el insoportable deseo erótico tiran de los hilos de la protagonista y apuntalan el conflicto. Entre la más abyecta depresión y la flagrante sensualidad como nervio vivo, la vuida construye su propia muerte, regeneración y nacimiento bajo nueva piel. El absurdo del llanto en el orgasmo, de la risa en el funeral muestra el tire y afloje de Eros y Tanatos de las situaciones límites con realista captura.

La orgía de planos excelsos, de detalles estéticos cuidados, dorados imposibles, de sombras inverosímiles y violetas del flash erotizan la pantalla y dibujan relato visualmente complejo sin precisar de explicaciones. La precisón coregoráfica de Niklison tamiza un ballet de lluvia, agua, sudor, caracoles y lágrimas y se gana un No Te Mueras Nunca Vitalicio por, además de todo, ser la camarógrafa de Vergel. A saber: la MiniPimieridad de la directora nos admira al punto de la ovación de pie.

El factor carioca apremia y mencionar que se trata de una coproducción con la brasilera Casadasartes Films y la argentina Basata Films no es casual. Las relaciones de la frontera Este del Mercosur entre las vecinas son fluidas y captan el costumbrismo con naturalidad. El seseo dulce del portugués y el yeísmo atroz del porteño agregan un factor identitario clave al relato que le da una verosimilitud determinante para el funcionamiento de la trama.

Los méritos de una historia sólida en una única locación, de un guion funcional, de simbolismos que nos obligan a entender la vida secreta de las plantas (y el hombre, que terminan pareciéndose mucho), de musicalización despojada son muchísimos. Vergel es una ópera sobre regar la propia sanación y cultivarse con amor. Nos encanta (muchomuchísimo)


(Imagen de Portada: Casadeartes y Basata Films)

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