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Modo BAFICI: crítica a 'La Vendedora de Fósforos' de Alejo Moguillansky

22 de abril del 2017
Por Gabriella Botello
El más hipster de los Frankensteins de la Competencia Argentina es una ópera ultracontemporánea, politizada y con registro hiper/antirrealista. El rizoma que entreteje música clásica, revolucionarios de ultranza izquierdista, tormentas, burritos, pianos y huelgas de transporte es puro Moguillansky y canto vanguardista.

El compositor alemán Helmut Lachenmann, veterano de la vanguardia y de la disrupción, presenta ¿ópera? en el Teatro Colón y (por suerte) Alejo Moguillansky está ahí para documentar la construcción de los ruidos y ruiditos que adapta el clásico La Vendedora de Fósforos de Hans Christian Anderson, una carta de una ex guerrillera del Ejército Rojo Alemán y una descripción de Leonardo DaVinci de la erupción del volcán Mongibello. Tan interesante que la realidad parió a la ficción y La Vendedora de Fósforos, la película con la que el director de las pasiones binarias compite en el BAFICI, bordea la línea difusa del documental y la construcción de historias.

Valter (o Walter Jakob), responsable de la régie de la ópera, y su excompañeria Marie (o María Villar) luchan entre el aprieto económico, la sequía de ideas para la puesta en escena, su relación de expareja y la crianza de su hija Cléo, yendo y viniendo del Colón. En el medio de la trama, Margarita Fernández, pianista excelsa para quien trabaja Marie, y Lachenmann, la literatura de una voz en off, los capítulos de partitura, los vinilos infantiles, los homenajes a Bresson, el ida y vuelta de los registros del Ejército Rojo, el cocktail de estilos, los libritos de cuento, el mérito del avant garde en la lucha socialista, el hurto de dinero, etcétera.

El diálogo constante con el titán de cemento de Buenos Aires, el clima tan caprichoso como porteño embravecido, y el retrato del mayor ícono de la alta cultura (¿otra ironía?) es otro de los puntos que nos acercan al relato. El humor, el desencuentro, el enriedo y la picana de la relación exconyugal ameniza.

El registro se debate entre ciertas ironías: que el más vanguardista y crítico de los compositores (porque sí, la pertinencia de la música para servir a oídos burgueses es recurrente en el film) se enfrente ante la huelga/paro de transporte que le impide completar su obra en el teatro Colón es sólo una de ellas. El paralelismo entre la nena del cuento y la hija de la pareja es otro: la avaricia burguesa que finalmente se carga la vida de la vendedora de fósforos es, también, la que aleja a Cleo de sus padres en plena transacción por compra de piano con dinero robado. Será menos fatal seguro, pero es igual de dañino: la crítica social condena (y no siempre reflexiona) la codicia desmedida.

Los méritos los tiene (y recontra), pero La Vendedora de Fósforos tropieza. Existe un narcisimo oculto que se aferra en ser recalcitrantemente avant-garde al punto de perderse en el rizoma: Moguillansky es el Borges del cine y en querer construir disidencia discursiva y dinamitar el formalismo de las estructuras clásicas, erige un tótem onanista. La constelación de referencias y registros rozaría en lo genial de no ser que la acumulación de ramificaciones es de a ratos más pretenciosa/kinderspiel que coreográfica. Como cineasta, Moguillansky es un gran autor.



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